Mi querido Pancho:
Cuando anda usted caminos desconocidos e inapreciables
en la red siempre atina. ¡ Ese es el Pancho que quiero
y admiro ¡. No me simpatiza tanto el otro Pancho,
Francisco Meseguer, cuando en una metamorfisis digna
del mejor Dr. Jeckil y Mr. Hyde ( no se si así se
escriba ) se transforma en el Fran caprichudo y
caprichoso que se niega, como Mafalda, a comerse la
sopa que tanto le desagrada y, temperamental, grita
para que el que lo quiera oir que dicho plato materno
es ¡ HORRIBLE ¡ y nunca de los nuncas lo probará
pesele a quien le pese, sea su contrario hombre, mujer
o quimera. Así de apasionado es Fran. ¡ Que le vamos a
hacer ¡. Pero mi amigo Pancho, el apasionado
operópata, así nos bautizo nuestro querido y
desaparecido director de cine, teatro y ópera ya
desaparecido, Juan Ibañez, que formamos parte de esa
fauna de irredentos amantes del híbrido de teatro y
música que mal nombre, no le han encontrado oto más
apropiado, habría que buscarlo, llamado ÓPERA, siempre
atina proporcionandonos mapas de islas secretas y
encantadas. Y esta de mi querido y admirado tenor
consentido, se que los hay para todos los gustos, pero
este siciliano apasionado guarda un lugar muy cercano
en mi corazón desde que lo escuché en un recital del
que conservo el programa allá por los lejanos 70s y
aún se me enchina el cuerpo y el cuero, sín metáfora
ninguna, recordandolo cantar, allá desde la gallera,
donde la voz rebota en todo su esplendor, un " Cuore
ingrato..." que constituye una de las experiencias más
increibles y maravillosas de mi vida. Esa noche
inolvidable, oyendo a Di Stefano en ese apartado lugar
del teatro, cantando únicamente para mí en lo más
íntimo del alma, es una de mis mejores y mayores
experiencias en la vida.
Años despues, en 1978, la Callas había muerto el año
anterior, vino el tenor a cantar la opereta " El país
de las sonrisas" de su tocayo, a quien quizás no odie
tanto como a otros cuyo nombre no pronuncio para no
deshacer el encanto y provocar su santa iracundia, y
tuve la oportunidad de conocerlo y entrevistarlo.
La anecdota es simpatica: Franco Zefirelli vino a
presentar a México su película sobre Jesucristo y a mi
hermana Guadalupe, periodista que cubría entonces la
sección de Espectáculos en el periódico UNOMÁSUNO le
tocó cubrir el evento. Sabedora de mi locura por todo
lo que a ópera se refiera, me invito a la conferencia
de prensa. Esta se llevó a cabo en un cine llamado
Internacional, gigantesco, que destruyó el terremoto
de 1985. Al terminar la misma Franco Zefirelli anunció
a todos los presentes: " Se encuentra con nosotros-Y
aquí alzó la voz menos educada que la del interpelado-
¡UNO DE LOS MÁS GRANDES ITALIANOS ¡... ( Como buen
director de cine y ópera aquí hizo la pausa consabida
para lograr la expectación y el efecto deseado- y
agrego subiendo el diapasón de la cuerda: " ¡ GIUSEPPE
Di STEFANO ¡.
El ídolo estaba allí, hasta lo más alto del teatro, y
se paró para agradecer el gesto de su paisano y amigo.
Todos los asistentes le brindamos una ovación como si
acabara de cantar " E lucevan ...". Vestía un
espectacular saco a cuadros verde, naranja y negro a
cuadros, a la moda entonces, y yo le dije a mi
hermana: " La entrevista...¡ Vamos a pedirle una
entrevista." Subimos a encontrarnos con el divo de
divos a quien le formulamos la petición. Accedió
generoso pidiendonos nos comunicaramos con él a su
regreso de Acapulco. Cuando volvió de su descanso nos
vimos con él en el Hotel Geneve en la Zona Rosa, así
llamamos con cursileria a una ahora depauperizada
colonia de la ciudad de México, y allí lo
entrevistamos. varias horas tuvo la genorosidad de
responder a nuestras preguntas. Guardo esa entrevista
publicada despues, larga y sabrosa, como un tesoro.
Manuel Yrízar.