En el libro publicado por las universidades Londres y Anahuac d México "LA ÓPERA MEXICANA 1805-2002" publicada por la editorial Joaquín Porrua S.A. de C.V. Editores coordinado por la Dra. Gabriela de la Vega (ISBN 968 5020 07-8) aparece un texto de mi autoría sobre la difusión y promoción del género operático en México, actividad a la que me he dedicado durante más de cinco lustros en la grabación de las producciones de ópera para la radio y la televisión. Mi aportación es además de un testimonio personal involucra el quehacer de músicos, compositores, cantantes y directores musicales y de escena, así como todos aquellos que han participado en la consecución de dejar un testimonio audivisual de nuestro arte lírica.
Para quienes quieran adentrarse en ese tema histórico apasionante. Ahí queda ese material para la posteridad.
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LA ÓPERA EN MÉXICO Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN.
Por Manuel Yrízar.
“ La memoria es el género
que se atreve
a decir su propio nombre.”
Carlos Fuentes.
Dedicado a
“El espectáculo sin límites”. Así llamamos sus “creadores” a la serie de televisión que se transmitió por el Canal 11 de TV durante las décadas de los 80s y los 90s del siglo pasado. En este programa transmitíamos al aire, en sistema abierto, cada domingo por la tarde, grabaciones de ópera realizadas en su mayoría en el teatro del Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México y en algunas ocasiones en otros teatros del interior de la república, como Monterrey, Guadalajara, Morelia, Tlaxcala , Guanajuato y otras plazas. También pasaban funciones internacionales contratadas con otras televisoras para su retrasmisión. En el se incluían comentarios y entrevistas con los cantantes, directores de escena y musicales, compositores y también con directivos y organizadores del arte lírico. El pretencioso título fue creado por el conductor de la serie, el multifacético
Todo esto viene al cuento para justificar, de alguna manera, el texto que muy gentilmente me solicitara la autora de la idea de este libro que tienes en las manos, la Dra. Gabriela de la Vega, donde se hiciera del conocimiento de los interesados en el tema de la ópera en México, ese otro aspecto quizás menos conocido pero tan apasionante, su difusión en los medios contemporáneos de comunicación masiva: la radio, el cine, la televisión. La aldea global ( de la que habla Marshal McLuhan, brillante teórico canadiense, que compara a los medios como extensiones de los sentidos del hombre), no se entendería en nuestros días, sin la existencia de estas cajas mágicas, que nos acompańan en la intimidad del hogar familiar: la radio, la tele, (así le decimos con carińo disminuyendo su nombre pero no su importancia) y, todavía no en todos, esperense tantito, la computadora. Alrededor de estos medios se reúne la tribu como lo hiciera antańo nuestro antecesor cavernario con el fuego. En ese lugar mítico y sagrado, la familia humana se cuenta sus historias, sueńos, vivencias y leyendas, fantasías que llenan su alma y su imaginación, preservando la herencia de todas las generaciones del pasado. Instalados en nuestro sillón favorito podemos adentrarnos en otos mundos, en otras culturas, en universos antes reservados solamente a los iniciados. Cuando encendemos el aparato mágico de la televisión podemos entrar directamente al gran teatro del mundo y ser testigos y espectadores de lo que fuimos y de lo que somos.
Quizás no todos los lectores hayan tenido la oportunidad de asistir como espectadores a un teatro de ópera, pero si es lo más seguro que tengan idea de quienes son Plácido Domingo o Luciano Pavarotti por haberlos visto cantar en la televisión. La popularidad masiva con que cuentan estos cantantes sería inimaginable sin la existencia de la radio o de la televisión. Para muchos solo esos nombres son sinónimo de lo que se entiende por ópera. Canto de gorgoritos, malabarismo vocal, las voces operáticas de estos ídolos de nuestro tiempo son conocidos lo mismo por los neófitos que por los enterados. Desde 1980, cuando grabé mi primera ópera para la televisión, hasta la fecha en que preparo la grabación de la próxima, el autor de estas de líneas ha pasado ejerciendo este noble, para él, por supuesto, oficio. Ha tenido la oportunidad de vivir íntimamente en las tablas del teatro, entre piernas, bambalinas y bambalinones, entre tramoyistas e iluminadores, técnicos y escenógrafos, músicos y cantantes; ha convivido con famosos y fracasados, con Divos y Divas, con los del coro, con los comparsas, iluminadores y utileros, ingenieros de sonido y camarógrafos, críticos y criticastros, en la sala, en el foro, en los camerinos, en las oficinas de los funcionarios, en donde el aplauso y el abucheo se toman de la mano y donde lágrimas y risas, tragedia y comedia conviven de la mejor, o menos peor, manera. Ese hecho no me hace más o menos conocedor, término algo peligroso, pero si familiarizado con el tema que me propongo abordar.
ALGUNOS ANTECEDENTES.
Ya los coautores del libro, Ernesto de la Peńa, José Octavio Sosa y Guillermo Saldańa han dado puntual cuenta de la historia de la ópera en nuestro país. A mi solo me resta agregar el papel que tuviera la difusión del espectáculo que tanto ha gustado a los mexicanos. Las compańías de los siglos pasados, (no hay que olvidar que la ópera cuenta con la juventud de sus tan solo un poquito más de 400 ańos pues todos sabemos que nació alrededor de 1600 en Florencia, Italia), solían hacer lo que acostumbraban todos los cómicos de su tiempo: correr la legua. Recorrer ciudades, aldeas, pueblos y villorrios con su espectáculo a cuestas. (1)
Las primeras óperas se representaban en los grandes salones de la nobleza y a ellos acudían los invitados de ese pequeńo círculo que podía darse el gusto de asistir. Podemos creer que la invitación a esos festejos era verbal y personal. Te invito porque te conozco y eres mi amigo o me interesa que lo seas y porque perteneces a mi misma clase y a mi mismo rango social, Nuestros linajes nos aparejan y todos los demás estarán proscritos y excluidos. Solo nosotros, emparentados por rango y poder, tenemos acceso a las, para nosotros, consideradas las más altas manifestaciones del arte y de la cultura. La ópera era entonces solo accesible a un público elitista y considerado superior. Solo ellos podían patrocinar el espectáculo y pagar a músicos y cantantes. Solo ellos eran capaces, así lo creían, de gozar y entender un arte tan exquisito y refinado. Pero la voz se corrió y un público cada vez más numeroso tambien quería participar y asistir.
El gusto por el genero y el ascenso de una clase media con mayores posibilidades económicas hizo que empresarios visionarios empezaran a construir locales para representar óperas. El éxito de estos locales, primero rudimentarios, hizo que cada vez se fueran construyendo más grandes y mejores teatros. Las audiencias se incrementaron y la afición creció. Aquí también la mejor manera de comunicarse era de boca en boca. (2)
Con el correr de los ańos el genero óperatico conoció un auge y un renovado vigor, las principales ciudades contaban con cada vez mejores y más lujosos teatros. La rivalidad de ver cuales eran los más prestigiados y cuales contaban con las mejores orquestas y los más famosos cantantes era proverbial. Los periódicos y las revistas daban cuenta ya de las temporadas, los elencos y los nuevos títulos que se estrenaban y si eran exitosos pasaban a formar parte del repertorio de otros. Aún las ciudades más pequeńas contaban con sus teatros y los aficionados se volvieron cada vez más numerosos, exigentes y apasionados. Solamente en Italia, cuna de la ópera, cada ciudad tenía (algunos aún subsisten) teatros que rivalizaban por ser los mejores: Milán, Roma, Nápoles, Parma, Florencia, Venecia, Turín, por citar unos cuantos entre los más importantes. Y lo mismo podemos decir de otros países como Francia o Alemania. ( 3 )
Mucho tuvo que ver en ese éxito la publicidad de aquel tiempo: libros, revistas, folletos y pasquines. Postales. Grabados. La impresión y venta de los libretos y de las partituras. Ilustraciones coloreadas de los cantantes más famosos. Novelas y chismes sobre las anécdotas más escandalosas. Amores y amoríos. Celos y rivalidades. Encuentros y desencuentros, triunfos y fracasos. Fama. (4)
A los teatros acudían lo mismo emperadores y nobles rodeados de cortesanos de librea y se seguían normas y protocolos ortodoxos y rigurosos. Fue en la república de Venecia en el siglo XVII donde aparecieron los primeros teatros para un público más diverso que pagaba su entrada para disfrutar los placeres que este gusto les deparaba. El publico de entonces no seguía la costumbre de los buenos modales y refinamientos que solo llegarían después, en el siglo XIX, cuando Ricardo Wagner apagara las luces del teatro y centrara la atención en la obra representada. Directores como Mahler o Toscanini también intervinieron,años más tarde, no sin vencer prejuicios, atavismos y costumbres establecidas, para hacer a estos lugares más parecidos a como el día de hoy los conocemos. Antes no era así. La gente se divertía, comía y bebía, se paseaba entre la multitud, saludaba a sus conocidos, chiflaba y gritaba, o cerraba los cortinajes de los palcos para dar rienda suelta a toda clase de diversiones.
Abonados contaban con sus lugares pagados o alquilados con toda anticipación y acudían a los estrenos y reposiciones de sus obras preferidas. Acaloradas y candentes, aburridas y sosas, frenéticas o de bostezo, eran estas veladas de ópera, pues las había para todos los gustos. Existen páginas deliciosas de los cronistas de la época que narran escándalos, anécdotas y ocurrencias variadísimas.
Ya en su lugar el erudito maestro Ernesto de la Peńa nos narra con sabrosura lo que sucedió en nuestra patria: México.
Y Octavio Sosa, puntilloso investigador de nuestro pasado lírico, ha escrito libros bien documentados sobre la historia del genero en la ciudad de los palacios o en Guadalajara por citar solo algunos. (5)
MÉXICO EN EL SIGLO XIX: LA ÓPERA Y SU PUBLICIDAD.
Contamos con alguna información de cómo era la vida musical en México en la época virreinal , siglos XVI; XVII y XVIII, y los historiadores de éste periodo hacen la crónica de este periodo en sesudos volúmenes bien documentados a los que remitimos al interesado. (6)
Para nuestro propósito de dar noticia de cómo han influido los medios de comunicación en la difusión del género que nos ocupa daremos un salto en el tiempo y nos detendremos en el siglo XIX ya cuando nuestra nación iba forjando su propia esencia nacional en un tiempo histórico lleno de apremios y dificultades sin fin. No por ello la afición por la música que siempre nos ha caracterizado dejaba de tener su lugar. Para fiesteros y gustosos por la música los mexicanos nos pintamos solos.
Como ejemplo vamos a poner el ańo de 1854 y para este viaje en el tiempo nos servirá de guía el cronista Luis Reyes de la Maza en su sabroso libro “El teatro en México en la época de Santa Anna “publicado por la UNAM. Manejamos el tomo II publicado en 1979 y nos servirá de ejemplo para darnos una idea de como se daban las cosas en esos tiempos no tan lejanos.
El 12 de abril ( Abril es el mes más cruel dice el poeta) de ese ańo llegó a México la gran soprano Enriqueta Sontag nacida en Koblenza, Prusia, en 1805 y que a los 16 ańos se dio a conocer como una de las más extraordinarias voces que jamás se habían escuchado. (7) La colonia alemana en pleno se trasladó a la estación del Peńón y ahí bajo del tren a la soprano, hermosa y famosa, la subió a un carruaje de seis caballos y así entró en la capital.
Los periódicos, sigue contando De la Maza, no hablaron de otra cosa y reprodujeron dos bellos artículos dedicados a la Sontag algunos ańos antes, uno escrito por Teófilo Gautier y otro por Héctor Berlioz. La cantante “se convirtió en el personaje más importante en México durante aquellos meses, y el público estaba impaciente por escucharla en La Sonámbula, de Bellini, ópera con la que se anunciaba su presentación. Pero otra soprano que se había presentado ya con gran éxito en la capital mexicana, también regresaba. Balbina Steffannone era una de las sopranos más aplaudidas en Europa y quizás solo la Sontag la superara en celebridad. El cronista Francisco Zarco, a quien le dio por la crítica musical había escrito así de ella luego de escucharla cantar Norma de Bellini: “La seńora Steffanone es una artista en toda la extensión de la palabra…Su noble y alta estatura, su rostro bello y majestuoso, su boca perfectamente perfilada, sus brazos torneados, su pecho elevado, sus ojos brillantes y elocuentes, su frente espaciosa, su andar digno y altivo, un traje sencillo y exacto, contribuía a hacer perfecta la ilusión…” (8)
Hemos subrayado con negritas algunas palabras para advertir al lector prevenido e invitarlo a analizar la manera como se publicitaba a las cantantes de ópera rodeándolas de un aura de leyenda y de ILUSIÓN. Ya el solo hecho de contar con dos extraordinarias cantantes consideradas entre las mejores del mundo de su tiempo, dos Divas diríamos ahora, bastaba y sobraba para provocar expectación entre los futuros espectadores, el público, ese potencial comprador de boletos para las funciones. No nos detendremos a narrar todas las funciones que se presentaron en esos meses, remitimos al interesado a leer el libro que nos sirve de referencia, bástenos citar otra crónica periodística publicada al día siguiente de la presentación de Enriqueta Sontag en el teatro de Santa Anna. “es un verdadero prodigio, una maravilla que raya en lo sobrenatural, en lo fantástico… ˇOh, gracias, seńora, gracias por porque habéis pisado nuestro suelo, porque habéis venido a revelarnos los secretos y misteriosos encantos de la música, porque nos habéis hecho sentir algo superior a todas las emociones, algo que hace comprender lo que será el canto de los querubes y de los arcángeles”ˇ. (9)
Las dos temporadas continuaron con un buen éxito considerable durante los meses de mayo y junio de este 1854 y el día 11 de ese mes , cuando se anunciaba para esa noche Lucrecia Borgia de Donizetti, el empresario avisó que se suspendía la función porque la Sontag estaba gravemente enferma: tenía cólera. El mal llegaba a cada casa y las calles se vieron desiertas por las noches. Toda la semana prevaleció la grave enfermedad de Enriqueta Sontag y por fin el día 17 de junio de 1854, a las 3 de la tarde, fallecía en México la soprano más famosa de su época, la consentida de todos los públicos del mundo y una de las voces más hermosas que ha dado el bel canto en la historia de la ópera, concluye el historiador multicitado.
Cerremos esta página decimonónica con unos sentidos versos que leyera el poeta Pantaleón Tovar en las exequias fúnebres de la gran cantante:
“Tú entonando tus límpidas canciones
donde posaste el vuelo,
formas con tus sonoras vibraciones
el éxtasis magnífico del cielo.
Y aún escucho el acento que levantas,
Y exclamo “ˇSalve, arcángel ˇ
żQuién puede cantar como tú cantas?
ˇÁngel divino, que te cante otro ángel ˇ”
SOBREAGUDO AL SIGLO XX.
Todavía tuvimos oportunidad los mexicanos, nuestros tatarabuelos y bisabuelos, y no le he preguntado a mi abuelo nacido en 1897, acaba de cumplir 105 ańos el 12 de septiembre de 2002, permítaseme presumir de lo longevos que podemos ser en mi familia, y quien conserva intactas lucidez y memoria, si pudo escuchar todavía a Francesco Tamagno, el primer Otelo elegido por Giuseppe Verdi mismo para estrenarlo en Milán quien nos visitó en 1890 y cantó en el Teatro Nacional “ El trovador”, “ Otello”, y “ La africana”. O interrogarlo si escucho hablar de la soprano Adelina Patti, elogiada por el mismísimo Gioacchino Rossini, y que deleito a los paisanos de ese tiempo con sus creaciones de “ Semiramide” , “ Lucia de Lammermoor”, “ La Sonnambula”, “ La traviata” interpretadas los ańos de 1886 y 1890 en el mismo teatro. Aunque el vivía entonces, como ahora, en la ciudad de Oaxaca, y solo Octavio Sosa podría sacarnos de la duda de si fue o no la diva a la tierra materna. Archivos muchos se ocultan entre el polvo de los tiempos.
Bromas aparte durante el siglo XIX la manera de publicitar la ópera no cambio demasiado: periódicos, revistas, folletines y folletones, chismes y comentarios de boca en boca, y acciones similares incluyendo quizás algún merolico o cómico de revista que aprovechara sus peroratas y “ESQUECHES”o sainetes, (sketch, en inglés) para dar cuenta al respetable público de lo que sucedía en la entonces no tan grande y monstruosa leal ciudad de México, “la región más transparente del aire” y “la ciudad de los palacios”,
más parecida a “Rancho grande” que a “México City”, contaba con tan solo 1000 000 de habitantes.
Tendremos que esperar hasta el nuevo siglo XX donde suceden cambios tan importantes, económicos, políticos y culturales, que transformarán radicalmente todo lo prevaleciente hasta entonces. Cuando se pudo, por fin, grabar y reproducir el sonido, el salto que se dio fue impresionante. Maravillados ante la posibilidad de escuchar una y otra vez las voces y la música grabadas con aparatos que parecían obra de algún demonio incógnito, los inventores se dieron a la gratificante tarea de ir a la búsqueda de los grandes cantantes que aún vivían, y es por esa pasión, que aún ahora podemos escuchar la voz y la técnica, la manera de cantar y de interpretar, de verdaderas leyendas del siglo XIX, como el portentoso tenor Tamagno, a quien fueron a buscar a su casa, ya retirado y no en su más óptima forma, logrando registros que todavía nos impresionan. Lo mismo hizo con sopranos como la Patti, la Melba, y otros prodigios vocales. Verdadera mina de oro que hoy podemos disfrutar en grabaciones históricas imprescindibles para los amantes del canto. Aparecía así lo que posteriormente iba a ser la gran industria discográfica moderna.ˇ
! HOY LAS CIENCIAS ADELANTAN
QUE ES UNA BARBARIDAD…!
Los inventos que se sucedieron uno tras otro a finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX fueron espectaculares. No solo se podían grabar los sonidos sino, con la aparición de la fotografía y posteriormente del cinematógrafo, las imágenes fijas o en movimiento sorprendían a los asombrados seres humanos proyectadas en blancas pantallas. Increíble pero cierto. En 1897 el italiano Guglielmo Marconi realiza, a través del canal de la Mancha, la primera comunicación hertziana a distancia. Se ha producido el verdadero arranque de la telegrafía sin hilos. Se sucederán las mejoras técnicas. El detector de galena reemplaza al tubo de limaduras de Branly y la invención de la lámpara de vacío-bulbo-permite que en enero de 1910 se transmita desde la Metropolitan Ópera de Nueva York y a una distancia de 20 Km. la voz de Caruso, el tenor más famoso de principio del siglo XX. (10)
El alcance de la radio no tendrá ya más límites. La primera guerra mundial le dará su impulso pleno convirtiéndola en un medio de comunicación de masas. La radio se populariza: las emisiones experimentales son reemplazados poco a poco por programas estructurados. Es interesante para nuestro tema constatar como un cantante de ópera como el napolitano Enrico Caruso va ser uno de los grandes impulsores y a la vez beneficiados de estos grandes inventos modernos. Incluso llegó a filmar una película muda, titulada “ Mi primo” donde podemos verlo caracterizando a uno de sus personajes más aplaudidos, el payaso Canio de la ópera de Leoncavallo. ˇ Un tenor que no se oía ˇ. Sin embargo los discos grabados por el portento vocal eran reproducidos por millares y constituían el primer gran éxito de ventas de ese novedoso producto. El tenor napolitano vino a México en 1919 y aquí deleito a los aficionados que lo escucharon cantar “ Carmen”, en una plaza de toros, bajo un torrencial aguacero, entre otras funciones memorables.
Verdaderas celebridades se presentaron en nuestro país como los tenores Tito Schipa o Aureliano Pertile, la soprano Luisa Tetrazzini , el barítono Titta Ruffo, el bajo Alexander Kipnis, por nombrar solo unos cuantos, y la afición salía enriquecida de poder escuchar a esos prodigiosos y dotados artistas. Se fue formando un público cada vez más conocedor y exigente. Las pasiones se desbordaban, se formaban partidos y fanáticos de tal o cual cantante y los dimes y diretes se escuchaban en corrillos, pasillos, cafetines y restaurantes, así como en las notas de periódicos, revistas o pasquines. No muy distinta era la situación que la del siglo anterior y esta prevalecería así hasta el advenimiento de la radio y de la televisión a mediados del XX.
DOS SEŃORAS RESPETABLES:
DOŃA RADIO Y DOŃA TELEVISIÓN.
Poder escuchar ópera, comodamente en casa, reunida la familia en el santo seno de la paz hogareña, era algo que que no podía ni llegar a imaginarse. Menos aún poder, no solamente OIR sino VER a los artistas en una caja que reproducía a la perfección gestos, ademanes y desfiguros, al mismo tiempo que se desarrollaban los acontecimientos en el teatro lejano, escuchar la música y las voces, los comentarios autorizados del LOCUTOR, los anuncios de productos que podían adquirirse en la tienda preferida, extrańaba a los más viejos y encantaba a los menos prejuiciados. Un invasor había entrado a la casa, sacrosanto e íntimo recinto, ultimo baluarte de la , no por todos, ańorada paz Porfiriana. Los hábitos y costumbres cambiaron. Los diabólicos aparatos empezaban a entrar en todos los hogares. Adquiridos en cómodos abonos o mensualidades llegaban para formar parte del mobiliario más importantes aún que los enseres antes más cotizados.
La ópera empezó a ser transmitida por radio. Faltaría investigar cual habrá sido la primera. Gabriel Zaid en su articulo “ Radio paradiso “ de Letras libres nos cuenta que en 1924 José Vasconcelos creo la primera estación cultural de tiempo completo, antecedente de Radio Educación. En 1937, apareció la segunda: Radio Universidad. En 1949, empezó la XELA, “ La Estación de la Buena Música”.El autor menciona también, sin dar fecha ninguna, a la estación XEN que “…se convirtió en la Radio Mundial de la Ópera unos siete ańos.” ( 11 )
En el medio radiofónico queremos destacar la labor casi apostólica de personajes amantes del género que han realizado una importante labor de difusión. El poeta Eduardo Lizalde con años y años haciendo programas con incansable terquedad, amor y conocimiento profundo. El sabio maestro Ernesto de la Peña, quien sabe encontrar en sus comentarios el adecuado balance de mezclar historia, literatura, filosofía, erudición profunda y a quien hemos escuchado con deleite comentar las transmisiones desde el Metropolitan de Nueva York a traves de Opus 94.5. Al filólogo Arrigo Coen Anitúa, que lleva la ópera en la sangre y que tanto ha hecho por su difusión. A Claudio Lenk , Jacobo Morett, Guillermo Torres.
EL TEATRO FANTÁSTICO:
ˇ TOMÉNSE SU CHOCOLATOTE ˇ
A los nacidos en los ańos de la Posguerra, después de 1945, como el autor de estas líneas, ya nos tocó, siendo nińos, conocer lo que después sería calificada, con razones y sin ellas, “ La caja idiota” ( que lo sean algunos de los que en ella aparecen no descalifica a esa maravilla audiovisual): la televisión. A mi, en lo personal, me marcó para toda mi vida. Tengo que caer en la chocantería del relato autobiográfico voluntario, disculpe el lector la pretendida pedantería que ello implica, pero quiero relatarles que el nińo caprichudo que sigo siendo recibía las amenazas de su papá, totalmente justificadas por cierto, cuando se volvía insoportable su compartimiento, del peor de los castigos: “ Si te sigues portando mal…ˇ No ves Cachirulo ˇ”. Era este Cachirulo un personaje de pelo de zanahoria que aparecía todos los domingos a las siete y media de la noche y que casi todos los nińos nunca nos perdíamos. La serie gustadísima y exitosa nos contaba un cuento de princesitas y de brujas, de aventuras, hazańas y disparates, de amores y desventuras, de héroes y de villanos, tan parecida a la vida de los sueńos, como lo es también lo que ańos después se convertiría en mi oficio, maleficio y beneficio: la ópera. Con el correr de los ańos nos dedicaríamos a transmitir otros cuentos, estos cantados y con música, a las casas de los aficionados para que los vieran en “LA TELE”.
La televisión vino a ocuparse de la ópera tan pronto como surgió. En México, en los ańos 50s, cuando se presentó en Bellas Artes la gran soprano María Callas, XHGC, canal 4, transmitió en vivo desde el teatro la ópera Aída de Verdi cuando la incomparable cantante diera el famosísimo MI sobreagudo, nota portentosa casi inalcanzable. Existe la grabación de audio, aún nos sobrecoge la hazańa vocal. Existen fotografías de esa función de la Callas agradeciendo los estruendosos aplausos donde aparecen , ˇ sobre el escenario y en lugar privilegiado ˇ, algunas invitadas o intrusas a la función, LAS CÁMARAS DE TELEVISIÓN. Lo que ya no existe son las imágenes transmitidas. Estos registros, filmados en cine directamente de la seńal televisiva, todavía no existía el Vídeo tape, se conservaban en Televisa, como los tesoros que eran, en las oficinas del Lic. Miguel Alemán Velasco, pero se perdieron durante el trágico terremoto de 1985. Así nos lo ha narrado el poeta y crítico de ópera Eduardo Lizalde, quien solicitara al propio funcionario dicho material para retransmitirlo en el programa que producíamos para Canal 22 : “ Cien ańos de ópera en México”.
La Ópera en las Televisoras Mexicanas.
Ya apuntamos la que quizá fue la primera función de ópera transmitida en vivo en la televisión mexicana. Pocos han de haberla visto y ojalá alguno que lo hizo nos lo hiciera saber. El número de aparatos receptores era muy reducido y los privilegiados eran unos cuantos. Casi en forma más experimental que profesional los pioneros del medio aprendían sobre la marcha los secretos de la novedad. Mas adelante, cuando se fundó el Canal 11, XEIPN, dependiente del Instituto Politécnico Nacional en 1959 la televisora cultural y educativa tambien empezó a realizar transmisiones del genero. El productor de esos eventos era Sergio Gómez Ochoa quien tuvo a su cargo esta labor durante varios años. Las primeras transmisiones eran en vivo y en directo, a control remoto desde el teatro de Bellas Artes, pues todavía no podían grabarse para conservar el registro audiovisual. No fue sino hasta los años 1964-65 con la aparición del Video tape que por fin pudieron grabarse en blanco y negro. Pesadas cintas magnetofónicas de 2 pulgadas. Voluminosas y pesadas, grandes carretes metálicos con una hora a lo máximo de duración real de la cinta. Tan solo cargarlas y colocarlas en las maquinas AMPEX 1100 ya era no poca hazaña. No tenían editor y ésta se hacia con microscopio cortando la cinta a pulso. La señal se mandaba a travéz del sistema de micro-ondas desde el lugar de los hechos al Casco de Santo Tomás donde se encontraban las instalaciones, allí se recibía. La aparición de la nueva máquina AMPEX 1200 ya permitía la edición de los programas grabados. Me cuenta el Sr. Javier Vergara, encargado de estas máquinas que a el le tocaban las guardias sábados y domingos y que en una ocasión que pasaba al aire la ópera se fué la luz, no funcionó la planta de energía eléctrica y la señal salió del aire. En ese momento no dejaron de llegar las llamadas telefónicas de protesta. “ Así me dí cuenta que si nos veían “, comenta nuestro informante, uno de los fundadores de la estación.
Lo cierto es que no en todos los lugares de la ciudad podían captarse la señal. El que esto escribe tenía que ir a casa de una amiga en la Colonia Condesa pues en San Pedro de los Pinos, donde vivía, no se veía. Esto fue a fines de los 60s y principios de los 70s. Por estas fechas, con motivo del Campeonato Mundial de Futbol empezaron las transmisiones en color. Tambien en el terremoto del 85, y otras causas, destruyó todo el material existente de esos años. Problemas económicos, presupuestales, producto del inicio de las crisis recurrentes que se sucedieron desde entonces, obligaban a reciclar el material de video, sobre cintas de programas ya transmitidos se grababan los nuevos sin ningun criterio de selección.
LOS OCHENTAS y LOS NOVENTAS:
¡ AQUELLOS AÑOS ¡
En 1980 me hice cargo de la producción y dirección de los programas musicales clásicos del Canal 11, principalmente de las funciones de ópera. Ya me le había
“ pegado “ a don Sergio Gómez acompañándolo de “ metiche “ en las grabaciones. De él recibí la oportunidad de grabar mi primer título: Encuentro en el Ocaso del compositor mexicano Daniel Catán en el teatro de la Ciudad el 2 de agosto de 1980. Este hecho me dió , desde ese momento , la posibilidad de establecer una relación más directa con todas las personalidades disímbolas que forman parte del mundo de la farándula. En casa del maestro Catán conocí tambien al libretista, el poeta Carlos Montemayor a quienes entrevistamos sobre la génesis del poema a su concepto dramático musical. Desde entonces hasta la actualidad mi vida se vinculó directamente a este mundo fascinante. He tenido la fortuna de participar en todas las temporadas y adentrarme a fondo en la vida operática de México. Por esa razón, siendo el tema que ocupa al libro la ópera mexicana, quisiera centrar este capítulo en aquellas que tuve la oportunidad de grabar en sus estrenos mundiales. Crónica. Testimonio. Recuerdo impercedero.
En 1982 se estrenó La g”uera de Carlos Jimenez Mabarak. Invitado al programa para comentar sobre su ópera el compositor fue entrevistado por
“ El no poder presentar óperas con frecuencia se suple con la televisión.Es aprovechar muy bien el medio. Hace treinta años cuando empezó la TV se hicieron óperas especialmente escritas par ella.Yo escribí una para radio. Tenía 20 años. Se llamaba “ Erigona” y la titulé Monodrama radiofónico.No tuvo el menor eco, a pesar ser estrenada por Silvestre Revueltas, en la sala Ponce, con una orquestita del Conservatorio. No recuerdo si la rompí o la dejé no se donde.
Cuando compuse Misa de seis quería hacer una ópera mexicana, impresionado por lo que habí hecho Britten en Inglaterra con una pequeña orquesta y pocos cantantes. Yo hice una ópera mexicana en su totalidad. Pensaba que la vieran personas del pueblo, gente sencilla, desprevenida, sin educación musical. Los personajes son todos populares. El lenguaje empleado es muy avanzado, dodecafónico. Lo empleo para modelar la melodia a la manera como habla, como se expresa el pueblo. Yo copie el habla popular remedándola, imitando como habla la gente de Tepito, con su “ cantadito” tan especial. Sin hacerme caso se puso en Bellas Artes ante un publico que asiste a las temporadas oficiales, que van a oir Traviata. Y así la juzgaron. Criticaron no lo que estaban viendo y oyendo sino aquello que ellos querían que fuera. Eso no se vale. No hay congruencia. Gente sin ninguna “ educación”, estoy segurísimo, la hubiera entendido mejor. El pueblo mexicano es muy sensible a la música pero no ha sido convenientemente guiado. La crítica me trato muy mal.
Cuando me encargaron otra ópera me dije: “Ahora voy a hacer una ópera muy tradicional para el público que va a Bellas Artes.” Una ópera muy mexicana, de México y para México. En La g{uera empleo el lenguaje de todos los días de la buena música tonal. Me permití bastantes invenciones armónicas, politonías, y una gran riqueza de enlaces durante el transcurso de la obra. La construcció

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