“Moctezuma” de Vivaldi en el Teatro de la Ciudad.

El gran tlatoani mexica Motezuma fue vapuleado anoche inmisericordemente.

El barítono que lo cantaba cumplía 25 años de cantante. No lo respetaron.

No tuvieron ninguna consideración a su rango y experiencia. Igual lo tundieron.

Pero al que más golpearon, a quien destrozaron fue al monje rojo Vivaldi.

Les cuento porque.

Anoche asistimos a la representación de la ópera de Antonio Vivaldi MOCTEZUMA montada, sin metáfora ninguna, en el Teatro de la Ciudad dentro de las actividades del “Festival Internacional de Verano VIVA VIVALDI 2007”.

Que bueno que fuimos. Fue un desastre artístico. Pero por lo mismo ejemplar.

Me explico.

Los destrozos a la partitura del veneciano, los desfiguros vocales y estilísticos, la

Notoria falta de preparación de nuestros cantantes, la mediocridad evidente de la producción teatral, la escenografía pobre, disfuncional, mal iluminada, el trazo del director teatral con pifias chuscas y de humor involuntario, el tránsito de actores cantantes impreparados vocal e histriónicamente, la batuta cínica y despiadada

del Director Concertador, los bailecitos de primaria elemental, un coro amateur y

una orquesta lo mismo, hicieron notorio el grado ínfimo al que hemos llegado.

Los 25 años que llevan cantando en México nuestro querido amigo Jesús Suaste

llegaron a eso que vimos a través de su doliente y maltratado personaje. El monarca azteca Moctezuma, símbolo de nuestra doliente, es golpeado con odio por el enemigo conquistador poderoso y cruel. Trata de defenderse. No lo logra.

Los golpes que le asestan con pies y puños son casi definitivos y mortales. Casi.

Esos cinco lustros de carrera profesional, forjada con un coraje y un valor dignos de mejor suerte me hacían evidenciar que ese cantante simbolizaba, allá arriba del escenario sombrío y pobre, polvoso y arruinado, a nuestra querida ópera nacional.

Por más que se esforzara el barítono amigo por salvar a él mismo y a su pueblo no lo lograba. Misión imposible se proponía el artista. No había ya salvación.

Ver a los bizoños cantantes desafiar las alturas de la endiablada partitura vivaldiana tratando de cantar, miento, de siquiera dar las notas afinadas, ya no digamos de interpretar los recitativos y las arias barrocas de exigencias mayúsculas e inalcanzables para quien no tiene recursos ni técnica para lograrlo,

era un martirio. Era como pretender que un corredor cojo ganara los 100 metros en las Olimpiadas. O que un futbolista llanero jugara en el Barcelona. Dice Justiniano en la máxima jurídica romana: Nadie está obligado a lo imposible.

¿Cómo abordar una partitura barroca cuando en nuestras escuelas de música no existe la materia de canto barroco? ¿Cómo enfrentar las agilidades, las sutilezas,

los adornos escritos en el pentagrama cuando se carece de la técnica vocal más elemental? ¿Cómo pedirles peras al olmo?

En México no hay, salvo la excepción del virtuoso mundial Horacio Franco, nadie que conozca el estilo de canto barroco.

Verdadera especialidad que se estudia en países con una tradición centenaria.

Los gorgoritos no son fáciles. Para darlos bien, para cantarlos como Dios y Vivaldi mandan se necesitan años de estudio. De ejercitar la voz día tras día. De meterse en el estudio a darlos una vez y otra. Como el atleta que quiere ganar la medalla. Lo mismo. La voz, por buena y de bello timbre que sea, se hace a base de rigor y disciplina constante, diaria, cotidiana. Una Cecilia Bartoli es, además de genética

Innata, estudio, dedicación, constancia, esfuerzo, trabajo. Que no tenemos.

No tiene la culpa el indio sino quien lo hace compadre.

Atreverse a poner esa ópera es o un atrevimiento o una cínica desvergüenza.

Meterse a hacer el ridículo delante de un público, que por más villamelón e ignorante merece respeto, o es lucrativo negocio o supina tontería. O ambas cosas. El desastre presenciado anoche nos hace pensar muchas cosas malas.

Mal pensados que somos. Quienes piensan mal por lo general aciertan.

Manuel Yrízar.