En la edición de mañana del periódico REFORMA de México aparecerá este artículo que me fue gentilmente solicitado por la editora de cultura Silvia Gamez. Testimonio personal y reflexión obre el tenor fallecido en la madrugada de hoy en su ciudad natal de Modena. Por radio se transmite ahora la grabación de "Lucia de Lammermoor" que fue lo primero que escuchamos en el teatro de bellas artes al gran tenor Luciano Pavarotti en 1969. Teníamos entonces 21 años recien cumplidos y anotamos el suceso en un Diario que todavía conservamos un nombre que sería inmortal.
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LA MUERTE DE ORFEO.

LUCIANO PAVAROTTI.

(1935-2007)

Por Manuel Yrízar.

Con la muerte del tenor Luciano Pavarottimuere tal vez el "Bel canto clásico". La antigua escuela italiana de canto, caracterizada por una técnica depurada traducida en belleza de emisión, dicción perfecta, afinación impecable y en la cual la poesía de las palabras se une indisolublemente con la música dando sentido a concepto y sentimiento tuvo en Pavarotti un exponente que la dominaba con suprema maestría.

Dueño de una voz única, cálida y emotiva de tenor lírico puro, de fraseo impecable, producto del estudio constante hasta lograr tan alto grado de refinamiento. Los maestros de esa forma del cantar bello se han ido muriendo. Era un sobreviviente. El trono ha quedado vacío.

Recuerdo que en 1969 escuchamos en Bellas Artes la ópera Lucía de Lammermoor de Donizetti con un tenor desconocido llamado Luciano Pavarotti y una soprano muy famosa: Beverly Sills. Éramos jóvenes. Eran otros tiempos. Todavía no despegaba esa carrera, apoteósica a partir de su debut en el Met de NY con sus famosísimos 9 dos sobreagudos en La hija del regimiento del mismo compositor.

Años después, en 1997, convertido en una leyenda viva volví a verlo entre “piernas, bambalinas y bambalinones” del mismo teatro. Robusto y aparatoso, ayudado por un par de fortachones que le cargaban en vilo y lo dejaban en la entrada posterior del foro desde donde aparecía a brindar su canto prodigioso.

Era condición tener un carrito de golf que le ayudara a desplazarse. Un querido amigo, compañero de mil batallas en la lírica, el ingeniero Humberto Terán, comentó al escuchar LA VOZ: “Así debe ser la de Dios”.

Recuerdo que Ramón Vargas, quien empezó su carrera en el Met supliendo a Pavarotti en 1992 y que había grabado con él Manon Lescaut nos contaba que al escucharlo junto a él sentía que “tenia puestas bocinas…”, dado el tamaño y la potencia de esa voz. Voz que desde hoy canta mejor cada día.

Una encuesta por Internet pregunta que característica de Pavarotti era la más importante. Dan tres opciones: la voz, el altruismo y el carisma. Resultados: voz, 66%, 19% carisma y altruismo 15%. La encuesta sigue abierta mientras escribo esta nota, en tanto que en la radio comercial se escucha esa voz que acaba de morir.

No. Miento. Esa voz que empieza a ser inmortal. Y es que Pavarotti no solo fue un cantante impresionante y bien dotado. Fue un producto comercial. En la era de la globalización y el marketing “el Pava” daba a ganar muchos billetes, que hoy por hoy, son los mejores nutrientes, nos mantienen sanos, vigorosos y gordos.

Así será recordado por muchos el tenor: el Gordo Pavarotti. Cercanía, familiaridad de la gente que veía en él aquello a veces tan lejano: “LA ÓPERA”, que su persona representaba. Su imagen es la ópera.

En el siglo de la cultura audiovisual y la publicidad, Pavarotti emergió como fenómeno mediático. Su nombre y su figura. Bien enfundado siempre. Frac negro, conservador y solemne, corbata de moño y pañuelo albos. Ataviado con sus grandes blusones sueltos y floreados, sus mascadas multicolores, sus sombreros y lo más importante, esa sonrisa franca y abierta que mostraba a un hombre feliz y contento de vivir y cantar.

Es esa alegría la que lo hacía simpático y atractivo, como un tío bonachón que no podrá nunca hacernos daño. Pavarotti hacía felices a cuantos lo escuchábamos.

Lo mismo con sus creaciones de personajes entrañables como el Rodolfo de La Bohemia, el Nemorino de El elixir de amor o el payaso Canio, de enharinada y dolientecara en Payasos que cantando arias o participando en conciertos masivos con “Los tres Tenores” o con sus amigos rocanroleros, el tenor era siempre un ídolo popular.

Pocos han entendido tan bien ese asunto como el operópata-poeta Eduardo Lizalde que escribe: “Pavarotti es cantor de pueblos, hijo de Apolo y Caliope, y portalira del que acompañó a los argonautas, para adormecer con su voz a los dragones y aplastar con el arma dorada de su canto la hipnosis armoniosa y el griterío falaz de las sirenas”.

Voz de un poeta para un poeta de la voz.