ÓPERA PRIMA: LA BELLEZA DE LAS VOCES

HECHIZA AL AUDITORIO.       Por Manuel Yrízar.

El poder de convocatoria de la televisión y la necesidad de comprobarlo por nosotros mismos nos convoca a los OPERÓPATAS a asistir al Concierto. El público acude masivamente al jacalón de Chapultepec la tarde del domingo. Largas filas de gente de todas las edades y condiciones llena por completo el Auditorio Nacional. Llegamos temprano y aquello ya es un hormiguero. Pulula el respetable público dominguero variopinto y variado. De todo como en botica. Tiene razón Don Hilarión, tiene muchísima razón. Allí va la familia completa: papá, mamá, los jóvenes y los niños no faltaron. Viejos y jóvenes por igual. Allá vemos como ancianos y ancianas, mexicanas y mexicanos, en sus sillas de ruedas o apoyados en bastones o tomados por los brazos de sus familiares cruzan la gran plaza y entran al recinto inmenso. Niños en hombros de sus papás también acuden. A las 6 de la tarde no cabe un alfiler.

Percibimos en el ambiente entusiasmo y expectación. Se siente buena vibra. Muchos de los que llegan al Concierto quizás sea la primera vez que van a oír ópera. A conocer a los artistas a que vieron en la tele. Ya en la mañana desayunando en esa plaza bellísima de Santa Catarina en Coyoacán nos platica Rocío que ella vio toda la serie de programas en la televisión y que le encantó. Y que claro que irá. Yo comprobé que muchos otros más vieron el “Reality Show ÓPERA PRIMA” en el Canal 22. Yo mismo los vi. Todos y no me los perdía. Los grababa en DVD.  Algunos de los cantantes me parecían horrendos por desafinados y descuadrados. Otros me dejaban ver la belleza de su voz. Mi opinión sobre el programa fue casi siempre de escepticismo y frivolidad. Banalización del arte sublime de la ópera. No dejé títere con cabeza. Aquí pueden leerse mis críticas como lo vi y sentí. Ahora me siento rebasado. Toda esta gente que repleta hasta el tope el galerón pensó lo contrario que yo. Le gustó. Lo disfrutó. Lleno el Auditorio Nacional. Al tope.

Y debo reconocerlo.

Cuando empieza la función el público recibe al maestro Enrique Barrios con una ovación fresca y espontánea. Despierta atento el villamelón que todos llevamos dentro. Con los lentes de larga vista miramos el escenario. Coro y orquesta se arrancan con la obertura de “Nabucco” de Verdi. Es bueno empezar con esa música vibrante y airosa. Espectacular. ¡Viva Verdi¡. Constatamos que el sonido no molesta. Suena grato y sin estridencias. No nos aturde. En una pantalla gigante van apareciendo imágenes del director y los instrumentistas como se ven en la televisión. Con ganas de pasarla bien el público aplaude riendo alegremente. El teatro y la vida son la misma cosa.

Aparece la primera cantante triunfadora: Leticia De Altamirano. Antes llevaba otro apellido ilustre que ha cambiado. Brilla por si propio. Sobresale por si misma. La soprano se planta en el centro del inmenso foro y canta el aria incantable: “Sempre libera” de “La Traviata” de Verdi. Y la canta muy bien. No nos sorprende pues acabamos de escucharle toda la ópera en gran forma en la función completa de la ópera en Cuernavaca, Morelos. Su instrumento lírico es de gran belleza. Una voz cálida oscura y brillante de refinados matices. Muy bien pasa la voz amplificada con justicia en la enorme sala. Posee escuela y técnica la De Altamirano. Sus agilidades y “coloraturas” de tremendo grado de dificultad vocal son resueltas con maestría por Leticia. La ovación lo dice todo. Esto apenas empieza a calentarse. Y empieza bien.

Toca ahora el turno al tenor Ángel Ruz.  Cantará el aria “Una furtiva lágrima” del belcantista italiano Gaetano Donizetti. Canta con corrección el cantante quien se nota todavía un poco tenso, nerviosón, carburando motores. Bien.

Sigue la mata Verdi dando. Linda Gutiérrez interpreta el aria de “Simon Boccanegra” del compositor citado “Come in quest’ ora bruna”. Cuando aparece se escucha por ahí un gritón solitario inconforme por algo. Linda no se amedrenta y se deja oír. Otra voz de belleza lírica corre por todos los rincones del inmenso jacalón.  Son inconfundibles las voces líricas que poseen calidad de sonido. Emisión libre. Apoyo diafragmático. Colocación en los resonadores de la máscara facial. Control del “Fiato” (aire). Ortodoxia técnica. Canta muy bien plantada la linda Linda. Y el aplauso lo ratifica.

Ahora la ovación se intensifica. El público ya identificó a sus consentidos: entran triunfadores tomados de la mano los populares artistas que creo ÖPERA PRIMA. Todos los reconocen pues los vieron semana a semana cuando se transmitía el programa dominguero en el Canal 22. Los vieron sufrir y llorar, y gozar y reír, los vieron en la televisión tomar sus clases magistrales con Fernando de la Mora, Rolando Villazón, María Alejandres, Genaro Sulvarán, quienes los instruían y participaban experiencias y consejos. Los vieron regañados y estimulados por sus maestros Areán, Mijares y la Beba Teresa Rodríguez. Se conmovieron con sus lágrimas y tropezones. Con la angustia que sentían por la posibilidad de ser eliminados. Gozaron cuando sus favoritos pasaban a la siguiente etapa. Manipulación de sentimientos dirán algunos. Magia de la televisión opinarán otros.

La triunfadora soprano Patricia Santos y el tenor ganador ciego Álan Pingarrón hacen su entrada triunfal y espectacular. Todavía no cantan y ya son aclamados. Sube intensamente de grados la temperatura del frío galerón. ¿A que autor de ópera interpretarán? Ya lo adivinaron: a Pepe Verdi.

Paty y Álan (como con familiaridad les decían en la tele) se colocan frente sus respectivos micrófonos para representar el dúo de amor del “Rigoletto”.

“E il sol dell’ anima”. Y vuelve a cautivarnos la belleza de las voces. Es esa virtud de la belleza, fenómeno indefinible, divino don, poesía viva del ser. Y es Patricia Santos quien da vida a la niña Gilda, hija del bufón burlón maldito, esbirro incondicional del Duque libertino de Mantua quien se ha enamorado del joven que ha visto en la iglesia a quien quiere decirle “¡Te amo¡” y es Álan Pingarrón el noble libertino que se ha enamorado también y reclama a la adolescente que lo repita: “¡Te amo¡ ¡Repítelo¡”. Y los enamorados enamoran al público con la belleza de sus voces. Es ese amor que se vuelve amor verdadero pues la música de Verdi dotó de amor a sus personajes amorosos. Y el público numerosísimo de diez mil cabezas y diez mil corazones siente ese amor en sus almas que esas voces bellas les transmiten. Ahora conocen aquí en vivo a sus ídolos de la televisión.

Terminado el dueto amoroso Álan, trovador y duque que no ve pero percibe al animal de diez mil cabezas y diez mil corazones que piensan y laten, se sienta en una silla a oír a su Gilda: “Caro Nome”. Nombre querido. Y aquí es donde constatamos que hay en esta artista triunfadora un duende lorquiano que surge y hechiza: “En toda Andalucía, roca de Jaén y caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y lo descubre en cuanto sale con instinto eficaz. El maravilloso cantaor El Lebrijano, creador de la Debla, decía: "Los días que yo canto con duende no hay quien pueda conmigo"; la vieja bailarina gitana La Malena exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento de Bach: "¡Ole! ¡Eso tiene duende!", y estuvo aburrida con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torres, el hombre de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase: "Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende." Y no hay verdad más grande.”

Y Patricia santos salió a cantar con duende. La endiablada aria de Verdi surge de sus labios y de su alma con entrega absoluta y maestría plena. No puede cantarse mejor esa melodía verdiana. La partitura cobra vida en cada nota perfectamente descifrada. A la belleza de la voz se une el sentimiento apasionado de la interpretación cuidada hasta el mínimo detalle. Estilo verdiano en los acentos, en los cuidados adornos, en el fraseo, en los matices. Podemos leer cada nota y cada adorno con una limpieza sonora impresionante. Patricia Santos demuestra con pundonor y entrega porque ganó. El público responde con un alarido el portento acústico disfrutado.

Y es ahora el tenor vidente quien canta mirando con los ojos del alma. El aria de “La Arlesiana” de Cilea conocida como “Lamento de Federico” surge de esa voz de belleza prístina que cautiva y conmueve. Si. Es una voz de tenor que esta dotada de pureza en todos sus registros que sale limpia como manantial cristalino esa voz. La voz de tenor es de por sí un milagro. Desafía a la naturaleza y la trasciende. La voz de tenor no existe. Es creación divina donada a algunos pocos por mandato celestial. El Todo Poderoso  Creador del Universo creo esa voz. Y el milagro sigue hechizando. Álan Pingarrón la tiene. Y los mortales agradecemos el don divino que nos es regalado milagroso. Ya el público está hipnotizado como la serpiente con la flauta del mago. Esto es la magia que todos queríamos participar. Comunión.

Un intermedio orquestal y coral pone pausa al caudal de las voces bellas. Enrique Barrios, director concertador del espectáculo recuerda que es director de ópera, lo conocimos en Bellas Artes cuando éramos nuevos, y brinda una brillante versión de “Danzas Polovtsianas”  de la ópera rusa de Aleksandr Borodin “El príncipe Igor”. Bien suenan coro, el de la Orquesta Sinfónica del estado de México, y la Orquesta Sinfónica Juvenil Carlos Chávez. Y muy buena la sonorización de ese querido amigo y zorro viejo del audio, autoridad respetadísima en el medio musical, Humberto Terán Jr.

Ya regresa Patricia Santos quien luce guapísima y radiante. Y canta “Salut à la France” de “La hija del regimiento” de Gaetano Donizetti que fue con la que ganó el concurso televisivo. Y la cantó mejor todavía que esa ocasión memorable en la que estuvimos en el Teatro de las Artes del CENART. Quisiéramos escucharle la ópera completa ahora que reabran el de Bellas Artes cumpliendo parte del premio que ganó que consiste en su presentación en el todavía cerrado palacio de mármol. Dictó cátedra ahora.

Leticia De Altamirano no se quedó atrás. Todo lo contrario. Con el tenor Ángel Ruz interpretan el dúo de “Fausto” de Charles Gounod “Il se fair tard…ô nuit d’amour”  donde escuchamos más asentado al tenor dejándonos ver las cualidades vocales que posee. Tenor y soprano se acoplan y armonizan en el dúo amoroso del francés. Bien cantado y sentido por ambos.

Vuelven coro y orquesta al lucimiento con la “marcha triunfal” de “Aida” de, ¿quién creen?, si, le atinaron, Giuseppe Verdi que saca lágrimas de las abuelitas presentes que recordaban, ay, su fiesta de quince años, el siglo pasado. Que la música sirve también para eso, ¡claro que í¡. ¿Quién dijo no?

Faltaba Giacomo Puccini en la fiesta, que en eso se ha convertido ya el concierto, y Álan Pingarrón, el vidente, recuerda que también hay muerte y agonía, y erotismo, nostalgia y tristeza, en la ópera. Y presintiendo cercano el eco de la muerte nos brinda el aria donde Cavaradossi recordando sus deliquios pasionales con Floria Tosca, sabe que jamás revirarán esos instantes de amor y lujuria plenos. Observa como brillan las estrellas y entona el desgarrador lamento de Mario: “E lucevan le stelle”. Apoteosis.

Sigue música de Puccini en la voz de la De Altamirano que vuela como “La golondrina” que da título a la ópera que tiene el aria “Che il bel sogno di Doretta”. Bello sueño que continúa llenando la imaginación de los oyentes.

Y ahora entran dos tenores dos. Y amenazan al respetable con cantar a la par esa aria que se convirtió en un himno universal cuando el grna gordo llamado Luciano Pavarotti la canto en una película horrorosa, debut y despedida del genial cantor del cine Hollywoodense, llamada algo así como “Sí, Giorgio¡” o algo igualmente espeluznante. El aria donde el Príncipe Calaf arriezga la vida apostando su cabeza por el amor de la helada Princesa Turandot. “Nessun dorma” (Nadie duerma) órden que todo el “Popolo di Pekino” debe guardar. Ya entran los Calafes Álan y Ángel, tenores. Descuido del lazarillo casi hace caer al ciego quien golpea los micrófonos. ¡Pum¡ . Y como si nada hubiera pasado empieza Ángel Ruz a decir que nadie duerma cuando no escuchamos su voz. ¿Dónde quedó? Entra la poderosa voz de Álan Pingarrón y el trueno de su voz retumba contrastando con el inaudible Ruz. Cuando ambos dicen que ¡Vencerán¡ uno se oye y el otro no. Confusión en el monstruo de diez mil cabezas y corazones. Un técnico entra corriendo a revisar el desperfecto. Enrique Barrios pide a coro, orquesta que se repita el aria. Cambian de micrófonos. Ángel Ruz se crece al castigo. Y, ahora sí, su bella voz de tenor retumba en el Auditorio: Nessun dorma. El público se le entrega y lo aclama. Luego ambos tenores cantan y vencen. Luego supimos que el tropezón arranco los tres micrófonos del lado derecho-izquierdo (dependiendo de si los vemos de frente o por atrás del foro). Accidente.

Viene luego el estreno mundial de “Canto nuevo a México” obra comisionada por el FONCA con motivo de las Fiestas del Bicentenario y Centenario del joven compositor mexicano José Miguel Delgado Azorín, con un tema musical muy al estilo del nacionalismo que privara en los años 20s y 30s cuando brillaron Chávez, Revueltas, Galindo, Moncayo, bien orquestado que podríamos calificar como Neonacionalismo mexicano. No nos disgusta.

La segunda parte del concierto inicia con la presentación de un grande tenor invitado para apadrinar el evento. Nuestro querido amigo de chorrocientos años Fernando de la Mora canta como solo el puede hacerlo “Cuando vuelva a tu lado” de María Grover. Los suspiros de abuelas, mamás y quinceañeras que las acompañan se vuelve un solo suspiro. Luego el artista pronuncia una frase que coreamos todos: “México solo saldrá de la crisis que lo agobia por medio de la educación y la cultura.” La respuesta afirmativa no tardó en aclamarlo.

La segunda parte del concierto estuvo dedicado a nuestra música popular clásica mexicana. Hay que recordar en la llamada Época de Oro del cine mexicano surgieron cantantes que venían de la cantera operática, con esa escuela italiana de cantar a toda voz, donde los compositores lograron hacer una nueva canción mexicana donde el lucimiento de la voz, los florilegios y adornos surgían en canciones bravías y amorosas, campiranas y vernáculas. Voces preciosas como las de Jorge Negrete, Pedro Vargas, Nicolás Urcelay, Alfonso Ortiz Tirado, Nery Chaires, y tantos otros tenores y barítonos salieron de las clases de canto operático. Y Lola Beltrán estuvo a punto de canar una ópera que preparaba con el maestro Emilio Pérez Casas. Gran tradición y gran éxito tiene esa bella música con la que “Las voces del Bicentenario” deleitaron al público. Clásicas canciones de Agustín Lara, Tito Nieves, Tomás Méndez, José Alfredo Jiménez, Cuco Sánchez, Manuel Esperón, que bien saben estos jóvenes cantantes nacidos aquí. El público cantaba con ellos a coro jubiloso y entregado. ¡México lindo y querido¡



ÓPERA PRIMA: Las voces del Bicentenario.