Por Manuel Yrízar

1

“Ya terminé mi ópera “Antonieta”. Empiezo a trabajar en la orquestación.” –me cuenta Federico Ibarra en el Conservatorio de Masaryk el día que asistimos a la inauguración del Foro de Música Nueva Manuel Enríquez.

“¿Y que voz le pusiste a Vasconcelos?-pregunto curioso.

“¡Como voy a poner a cantar a Vasconcelos¡-responde el compositor.

“Le encargué la ópera a Ibarra hace un año.” Es Enrique Barrios, director concertador del estreno de “Antonieta” quien desde el foso de la orquesta me lo platica.

“Le dije, la estrenaremos el 27 de octubre de 2010”

Y así ocurrió.

Mucho me alegré cuando Barrios me llamó a participar en la aventura de este proyecto acariciado desde hace tiempo. Concebida la idea el compositor aceptó escribir la ópera y empezó la gestación que le llevó seis meses de trabajo.

“Me tarde tres meses en escribir la música y otros tres en orquestarla. Lo primero que debe hacerse es tener la estructura dramática de la obra. La ópera es otra cosa distinta a la música de concierto. Teniendo ya resuelta la estructura empiezo a trabajar de principio a fin. Sigo un orden riguroso. Desconozco como va a ser el final.” Eso nos dijo a algunos amigos, éramos tres y el compositor, que nos reunimos en su casa de manera espontánea e informal la noche que sucedió a la última función el domingo 1 de noviembre. Fueron tres las veces que la escuchamos la ópera (aunque en realidad ya la habíamos escuchado cinco veces, cuatro ensayos y el estreno) pues programadas cuatro una de ellas fue cancelada por conflictos laborales. Era la que este cronista grabaría para TVUNAM. Nos quedamos “vestidos y alborotados”.

Esta crónica de cómo vivimos la aventura de ver gestar, planear, crear una ópera es la que nos proponemos compartir con ustedes. Distante de una crítica esta crónica pretende solamente transmitir una experiencia personal. Totalmente subjetiva. No es otra la intención que persigue este escrito.

2. .

“Le presente a Federico cinco versiones de la historia de Antonieta. La primera era una obra de teatro bastante extensa. Investigué sobre la vida y la obra de esta mujer mexicana que se suicidó en 1931. Ibarra iba desechando los diversos tratamientos. Hasta que llegamos a un proyecto final que luego puso en música.” –contesta la dramaturga Verónica Musalem a la pregunta que le hacemos en entrevista en vivo durante la transmisión de la ópera “Antonieta” a todo el país a través de la frecuencia radiofónica de RADIO EDUCACIÓN. La mirada de la autora del libreto es brillante, incisiva, inteligente. Genera una energía fuerte esta mujer de aparente fragilidad y dulzura.

No es la primera vez que trabaja en una ópera con el compositor. También a ella debemos el libreto de la anterior: “El juego de los insectos” que aún espera su estreno integral y que conocimos en una lectura con piano en la sala Ponce de Bellas Artes. Mucho nos gustó.

Cuando llegamos al teatro “Raúl Flores Canelo” del Centro Nacional de las Artes en Churubusco a los primeros con quienes nos encontramos es con los cantantes que interpretan a las Alegorías del segundo elenco quienes se maquillan pintándose los rostros de blanco. “La facia in farina”. Guadalupe Jiménez, soprano que ya cantó en otra ópera de Ibarra “Orestes parte” es la Alegoría del Amor. El tenor Gerardo Reynoso la del Arte. Y el barítono Enrique Ángeles la de la Política. Fue así como resolvieron la dupla Ibarra-Musalem como no hacer cantar a José Vasconcelos.

Cuando Antonieta se suicida al principio de la obra aparecen su padre el arquitecto Antonio Rivas Mercado y estas Alegorías para interrogar a la muerta por propia mano el porqué de su dramática decisión. Saludo con afecto a estos cantantes que darán vida a estos seres simbólicos y enigmáticos. Las otras Alegorías del primer elenco son Cynthia Sánchez el Amor, Edgar Gil, la Política y Oscar Santana, el Arte.

Es en este lugar donde se fragua el metal ardiente que se volverá duro acero. El teatro donde se cocina el veneno. Ése que sin darse suficiente cuenta emponzoñará el alma del ingenuo individuo que asistirá al rito mágico de la ópera. Es en lugar ritual donde la fantasía trascenderá las fronteras del vértigo y transformará los corazones de los expectantes. Quien asiste al recinto donde teatro y música comulgan no debe conocer los arcanos secretos artificiales que se le presentarán de golpe para intimidar su existencia.

Ya entra a maquilarse quien lleva el papel protagónico de Antonieta. La mezzosoprano Grace Echauri de trayectoria internacional poseedora de un temperamento excepcional y una capacidad actoral sobresaliente aunada a una voz propia de color particular y proyección magnética. Ya ha dado vida con esa voz y ese talento a numerosos personajes de su cuerda incluido el de Frida, otra mujer mítica mexicana llevada a la ópera, estrenada en Guadalajara. Ahora enfrenta el reto de “Antonieta”. Solo estrechamos su mano sin palabras pues Grace anda concentrándose pensando como dará vida a la mecenas suicida que vivió solo 31 años en los inicios del siglo XX.

En este ensayo tendremos la oportunidad de escuchar a los dos elencos de esta ópera en un acto que tiene una duración aproximada de una hora veinte minutos.

Ya le colocan la barba canosa y encanecen su cabellera al barítono Guillermo Ruiz que canta el papel de Antonio Rivas Mercado arquitecto servidor del régimen de Porfirio Díaz que concibió y construyó esa Columna de la Independencia que inauguró el viejo presidente Don Porfirio Díaz, héroe y general, convertido ya en dictador perenne de México. Es el año de 1910 cuando se inaugura el ahora llamado con cierta familiaridad “El ÁNGEL” que adorna con su belleza el Paseo de la Reforma y que se ha vuelto cien años después en lugar de celebraciones políticas y deportivas. Progenitor de Antonieta, la heroína trágica. El otro cantante que también hará este rol es Daniel Cervantes. Para mi gusto uno de los más logrados papeles por su carácter y psicología es este artista dotado y decadente. Pero eso lo sabremos después cuando lo descubramos. Por ahora ya pintan sus canas venerables.

La puesta en escena es de José Antonio Morales y Rosa Blanes ya experimentados en estos menesteres operáticos.

Alejandro León dirige el Coro Magisterial. Es a este instrumento de herencia y estirpe griega a quien Ibarra dota de voz simbólica, la voz del pueblo siempre presente y actuante.

La batuta concertadora la empuña la diestra de Enrique Barrios.

Ya entramos a la sala. “Antonieta” esta por comenzar.

3.

La joven y muy guapa mezzosoprano Lidya Rendón encarna y da voz a la otra Antonieta. La vimos y escuchamos Leticia y yo en el primer ensayo donde cantaron los dos elencos y me comentó: “Conmueve su interpretación y caracterización del personaje”. Al final se acercó a saludarla y se lo comentó. A mí me sorprendió la belleza del timbre de su voz: su oscuridad profunda, su color rojizo y café, el brillo y proyección del instrumento. Confieso mi debilidad por esa cuerda media. Cercana al chelo o al fagot, terciopelo con luz. Luego conversaríamos con ella en la entrada del teatro cuando se maquillaba esperando cantar la función que grabaríamos con TVUNAM. “Estoy acostumbrada a estas vicisitudes.”-Nos dice. “Soy teatrera y bailarina.” Se suspendió la función. Perdimos la oportunidad de grabar ese segundo elenco.

Son esos grandes mínimos detalles los que hacen apasionante este arte de la ópera. Las dos cantantes que hicieron el personaje de Antonieta espléndidamente son totalmente distintas. Ambas aportaron lo que son y tienen. Eso platicábamos en la calle de Veracruz este cronista y otros dos, al finalizar la última función. De eso. Y de mucho. Pensábamos brindar con el autor. Nos desvelamos.

Allí, en la intimidad de la casa del artista, quien tuvo la bondadosa cortesía y gentileza de hacernos pasar recordábamos y comentábamos este estreno de “Antonieta”. Una velada enriquecedora que mucho agradecemos. Privilegio casual e inesperado fruto del azar.

Pero volvamos al teatro.

Sobre el escenario vemos la imagen de la portada de la Catedral parisina. “Notre Dame”. Nuestra Señora. Abrigada para protegerse de las astillas de frío que ya laceran la ciudad luz Antonieta Rivas Mercado entra al recinto sagrado para convertirse en Ángel. Para liberarse de las frágiles cuerdas que la amarran a esta realidad que la oprime. La joven mujer entra a ese templo y delante de un altar se mata. El disparo atronador interrumpe los cantos de un coro que acompaña el tránsito, la conversión de la mujer crisálida en mariposa de luz, en ángel que retorna al universo de donde salió. Ya escuchamos la música que anunciaba la llegada del ángel de la muerte. La voz de Antonieta canta el tema que escuchamos al aparecer ese ser que vuela sin alas y que estará presente, ángel musical, durante el transcurso de todo el drama que se desarrollará frente a nosotros. Es la música de Federico Ibarra la que hablará siempre de esa mujer suicida. Es en esa música donde se esconden y salen a la luz los sentimientos, deseos, amores y desamores, deseos frustrados y anhelos truncos de esa mujer excepcional. Solo la música puede hacernos entrever sus secretos más íntimos. Su intimidad. Porque es a esos oscuros rincones del alma femenina de Antonieta a donde nos lleva el tejido orquestal construido solidamente, la paleta enriquecida de voces y colores de instrumentos. La acción va y viene desde ese suceso trágico que todos quisiéramos llegar a comprender y que solo la música es capaz de descifrarnos. Es en ese océano sonoro donde flotara la nave que vuela perseguida por la luz. Es la voz de bajo-barítono del padre, voz verdiana, la que dirá su nombre: “Antonieta, mi pequeña que haz hecho…" ¡ El discurso musical, la estructura sonora, la construcción de la obra de arte integral que quería Wagner que fuera el drama musical es el lenguaje que tiene el compositor para darnos su mensaje. Elocuencia total. Mezcla de lenguajes combinados en lenguaje nuevo y distinto pero por ello más elocuente. Mensaje directo. Son las voces de las Alegorías, seres fantasmales y pétreos, las que también la interrogarán y martirizarán con preguntas obscenas. Pretender saber lo que no puede saberse. Los arcanos secretos del ser íntimo de la mujer decidida: ¿Cobarde o valiente? ¿Quién puede juzgarla?¿Porqué?

Es en la música enriquecida y enriquecedora de Ibarra donde se brindan las respuestas. Hay en la partitura del mexicano un lenguaje universal muy personal, Ibarra es Ibarra, ya dueño de su lenguaje y estilo inconfundible, producto de muchos años de oficio y estudio. Nosotros lo conocimos cuando éramos ambos veinteañeros en el edificio de Camarones de San Cosme y San Damián llamado de Mascarones donde se encontraba la Escuela Nacional de Música de la UNAM. Allí estrenó sus primeras composiciones. Pero esa es otra historia. Anécdota vale.

Las voces del Amor, la Política y el Arte se convierten en voces inquisitoriales que torturan e interrogan con furia al personaje. En ese viaje de ida y vuelta al pasado de Antonieta la vemos como niña y jovencita aristocrática, consentida del régimen de Don Porfirio tocando el piano y cantando tonadas francesas. Es una niña mimada, consentida por el padre artista al servicio del héroe metamorfoseado ya en dictador senil, quien le muestra al “Ángel” que el quiere que sea. Símbolo del país centenario que ha llegado al progreso. Ángel que resplandece con los rayos de la luna entre los vidrios esmerilados de las casonas afrancesadas porfirianas. Ángel mítico que prometía tiempos de gloria y oropel. Las mejores damas de la sociedad encopetadas bailan valses con los galanes pretenciosos y fifirufos. Es la música de Ibarra, en uno de sus momentos más inspirados, la que hace bailar a los pretenciosos angelicales. Y es esa misma de vals al estilo Ibarra la que se transformará en otra música más violenta y aterradora. El castillo de naipes ficticio se derrumba. Las fiestas del centenario se vuelven revuelta y sangre. La revolución arrasa y trastorna todo. La música nos lo dice.

Y es música vuelve a transformarse haciéndonos guiños y cerrando el ojo irónico del músico sarcástico que compone a la manera de los nacionalistas que lo precedieron. Ibarra suena a Revueltas, Chávez, Moncayo a quienes rinde homenaje pero nunca sumisión. La música reina. Es la que cuenta la historia. El círculo se cierra al final cuando luego de los episodios que le tocaron vivir a esa mujer apasionada, su matrimonio fracasado, su romance fallido con el pintor, su amor por el político-filósofo que quiso ser y no llego a ser, es entonces cuando volvemos a escuchar el tema del Ángel, célula principal, motivo primario de donde surgirán todos los demás, cuando Antonieta, crisálida liberada convertida en mariposa de luz, se libera de las cadenas terrenales que la amarraban al mundo este sufriente y es llevada por ese Ángel que es ella misma, a la libertad alada que soñó y deseó y que nunca pudo lograr aquí. Un coro de voces de mujer secunda el último vuelo de este Ángel caído a la cima de la luz.

México D.F. 1 de noviembre de 2010.