Renace la ópera en Bellas Artes.

"FIDELIO" de Beethoven: entusiasmo y esperanza.

Por Manuel Yrízar.

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Como en los viejos tiempos regresa la buena ópera. Esa que llena la sala. La que suscita la polémica y el interés del público. "Conocedores" y villamelones. Los que siempre van. Los que todo lo aplauden o todo lo abuchean. El respetable público regresa a su teatro. El que estuvo cerrado. Y que ahora abre sus puertas al género que tanta gloria le ha dado. Teatro mítico. Histórico. El mismo, ya otro, que vio en ese escenario a la Callas y Di Stefano que oímos por la radio en la cuna. El bellísimo recinto de mármol ahora renovado. Borbotones de nostalgia y curiosidad. Burbujeante ambiente de expectación.

 

Ya llegan muy sonrientes todos viéndolo todo.

 

Cuchichean por los pasillos, saludan, posan. También somos actores. El "espectáculo sin límites" da para eso y para más. Caras conocidos. Rostros queridos. Amigos y no tanto ocupan sus localidades.

Tratan de reconocer al teatro que fue y ya no es. Husmean. Observan. Esperan. Ávida fauna esperanzada. Multitud ahíta y deseosa de sangre. De carne fresca. De circo, maroma y teatro. De ópera. Que a eso venimos. A la ópera.

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 Ya se va llenando la sala. Poco a poco y con parsimonia variopinta muchedumbre ocupa sus localidades. Es el "respetable público". Por ahí vemos a uno que saco del closet, hoy tan socorrido, el Smoking, y no dudó ni un instante en ponerse la corbata de moño. Desentona pero adorna. Ancianitas que oyeron a Leonard Warren acompañan a la nieta que viene por primera vez. Todos tienen cabida en la sala principal de este teatro que luce un arco iluminado con luz morada fosforescente. O eso parece. Los más conservadores fruncen el ceño y respingan la nariz en señal de fuchi: "Ash... parece un antro." Otros están felices y demuestran sus gustos sonrientes y gozosos. Aquí vine porque vine. Se me concedió volver. Ya apagan las luces del proscenio.

 

Un silencio santo se apodera de la sala.

 

La ópera "FIDELIO" de Beethoven esta por comenzar.

  

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Con la obertura se alza el telón donde aparece un cielo crepuscular dorado esplendente. Nubes resplandecen y brillan luminosas. Se va poblando la escena de personas jóvenes muy parecidas a las que las observan. Somos nosotros quienes estamos jubilosos paseando por una céntrica plaza de cualquier ciudad del mundo contemporáneo. Del centro surge una joven pareja que destaca de todas las otras por su vestimenta flamígera roja. Se abrazan al centro y danzan. Dichosos parecen. De pronto armados de macanas surgen los guardianes del orden. Golpean y desnudan a los amantes. Arremeten contra todos los que tienen enfrente. Los reprimen. Los maltratan. Los separan. Los desnudan y encarcelan. Se llaman igual que nosotros: Florestán y Leonora.

 

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El cielo y la pareja luminosa han desaparecido. Descendieron ya, separados por la barbarie, a las mazmorras siniestras del infierno. Vemos como los guardianes del orden avientan a las cloacas pestilentes a los hombres desdichados que algo muy malo han cometido: amarse y amar. Esta prohibido.

 

Así empezará a contarse la historia de amor. Beethoven le puso música creando la única ópera que surgiera de su genio musical. "Fidelio", -dice Raúl Falcón en su nota del programa de mano-

"...funda en una sola emoción la expresión musical y la intensidad teatral. Por este motivo, el atrevimiento de necesario para concebir este exceso y el genio para realizarlo hacen de "Fidelio" el primer drama musical moderno."

 

Ya estamos desde el principio sumergidos en la acción dramática: encarcelados estamos ya desde el inicio. Separados de los seres que amamos no sabemos porque nos han privado del bien de la libertad. Ya no nos dejan respiran el aire puro ni ver la luz solar que nos brinda calor y energía.

 

La apuesta de esta nueva producción con la que vuelve la ópera al teatro de Bellas Artes esta dirigida a la inteligencia y el sentimiento del espectador. Trasladado a nuestro tiempo, la historia de "Fidelio" se nos vuelve cercana y familiar. Íntima y nuestra. Contemporizar la experiencia liberándola de tiempos remotos es hacerla más nuestra. Pienso que lo logran. La lectura de los creativos Mauricio García Lozano, director escénico y Jorge Ballina, diseñador de escenografía con todos los miembros de su equipo perfectamente coordinados con el pulcro trabajo del experimentado director musical Niksa Bareza es a la par eficiente y conmovedora. Nos cuentan la historia haciendo alarde de recursos teatrales a veces apabullantes donde la sencilla trama se nos presenta cargada de símbolos perfectamente entendibles y legibles. Un exceso de técnica donde toda la parafernalia de una tramoya moderna entra al servicio del drama representado.

 

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Bien elegido el elenco de cantantes que encarnan dotando de vida y nervios a los personajes que a la distancia de los siglos no pierden su carácter ingenuo de héroes románticos decimonónicos. Trazados con las convenciones de buenos y malos enfrentados a la tragedia de la separación Leonora y Florestan siguen conmoviéndonos porque son reales. Leonora-Fidelio lo cantó la soprano rusa de San Petersburgo Elena Nebera. Su marido injustamente torturado en la siniestra prisión fue el mexicano Francisco Araiza. Don Pizarro, villano símbolo del represor tirano, el español de origen italiano Rubén Amoretti.

  

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Atribuirle el éxito a alguien en particular en esta hazaña colectiva no sería justo hacerlo. Si apuntaremos aquí los factores que lo posibilitaron. La idea de reabrir el teatro con el "Fidelio" de Beethoven se atribuye a funcionarios salientes del pasado próximo muy cercano. Fruto más del azar y la casualidad, la nostalgia y el recuerdo: una corazonada. La idea se aceptó y ahora cuaja y queda en la historia. Quienes la concibieron, como Moisés que solo divisó de lejos la tierra prometida, sin entrar jamás en ella, solo sembraron la semilla que fructificó jugosa cosecha. ¿Inercia de lo emprendido? ¿Quién lo sabe? Lo cierto es que quienes se echaron a cuestas la empresa de llevar a buen puerto la nave ahora cosechan un triunfo inobjetable. La ópera esta hecha de esos ingredientes donde las cosas que tienen que salir salen a pesar de todo: destino o fatalidad. Tema operático verdiano o wagneriano. ¿Beethoveniano?

 

Araiza cantó para muchos de los presentes su mejor papel en Bellas Artes. Cuarenta años pasaron desde que acometió el canto del primer prisionero bajo la batuta de Eduardo Mata en la Universidad. Ahora, inspirado, regresó con el rol protagónico de Florestan a cumplir uno más de sus sueños. Con una voz madura en la plenitud de su registro tenoril, rica de color y armónicos, pareja y aérea, volátil. Poderosa en todos sus registros, transparente y expresiva la voz y el canto magistral de Araiza hechizaron al oyente haciéndolo saber o recordar que es el cantante más importante de su cuerda que ha nacido en México. Por mucho. Su impresionante historia añade este capítulo trascendente a su haber.

Sin discusión fue la estrella más luminosa de esa noche. También brillaron la soprano Elena Nevera de voz oscura que confundía a los críticos sobre ese registro que decían cercano a la voz de mezzo o de contralto. Conmovedora su Fidelio-Leonora plena de amor conyugal apasionado y valiente. Buen villano nos brindó el barítono de Burgos Rubén Amoretti. De timbre pleno convenció con su don Pizarro terrible. Carsten Wittmoser fue un Rocco creíble. Los jóvenes mexicanos, Emilio (Jiménez) Pons, tenor sobrino de Antulio del mismo apellido productor televisivo compañero nuestro a quien saludamos en el intermedio, nunca había cantado aquí y lo hizo muy bien en su Jaquino. Lo mismo que María Alejandres que empieza ya su carrera internacional en los grandes foros. Su Marzelline fue deliciosa y fuerte. Los otros cantantes cumplieron su cometido. Muy bien el coro llegando a su nivel óptimo. La orquesta mejoró en calidad sonora y timbrica. Logró acoplarse y disciplinarse bajo la sobria batuta del músico griego que la hizo sonar como es debido. Muy destacado el trabajo de Ballina y García Lozano, dupla acoplada de talento operático garantizado.

 

 

 

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Aunque una golondrina no hace verano quedó plenamente demostrado que es totalmente factible hacer buena ópera en México. Bellas Artes cuenta ya con todos los recursos necesarios para ello. La espera de varios años con el máximo recinto cerrado para realizar las mejoras que ameritaba abre ahora la real posibilidad de convertir a este teatro añoso y centenario (no olvidemos que empezó a construirse hace ya más de cien años en pleno Porfiriato) en uno de los más importantes de Latinoamérica.

 

Obligatorio será para las autoridades responsables ahora de poner a trabajar a todas las fuerzas vivas del mundo lírico el entregar buenas cuentas del patrimonio nacional que les toca administrar. Aparentemente acéfala y muerta la ópera de Bellas Artes parece resucitar. No volvamos jamás a dejarla morir. Los malos tiempos deben quedar como pasajes oscuros y sombríos del pasado que no deben volver a repetirse. La trillada imagen del Ave Fénix revolotea en muchas mentes. Lo cierto es que se cuenta con una base sólida que permite guardar la esperanza en lo más oculto de la caja de Pandora. De allí salieron todos los males. Dejemos que se vayan para nunca más volver. Saquemos de la mazmorra al prisionero. Pongámoslo de nuevo a respirar el aire puro y a gozar del calor del sol radiante de la libertad creativa. De todos nosotros depende. Cumplamos juntos con esa gratificante tarea.

 

México D.F. diciembre de 2010.